La magia de conquistar la verticalidad y caminar

Cuando L. tenía 17 meses, de repente, se levantó, y caminó por toda la casa. ¡Qué sensación tan maravillosa! Tenía una cara de felicidad absoluta. Por fin, había conquistado la verticalidad…

No dio unos pasitos y se cayó, no se lanzó desde el sofá a la mesa, no se tambaleaba de un lado a otro. Su paso era seguro, tranquilo, equilibrado y constante.

¿Y por qué? ¿Magia? No, no es magia (aunque sí me parece un proceso increíble). Tampoco es suerte. Es el resultado de criar en base al MOVIMIENTO LIBRE, de Emmi Pikler.

A L. nunca la hemos forzado ninguna postura. Su pediatra, la matrona, la enfermera, incluso una osteópata, nos dijeron cuando era muy bebé que era necesario que la colocáramos boca abajo para que fuera fortaleciendo la espalda. Tanto nos lo repitieron que hasta llegamos a dudar… Menos mal que seguimos confiando en ella y en su proceso.

Luego vino el «habría que ir sentándola», «cógela de las manos para que ande y fortalezca las piernas», etc. etc.

L. ha ido conquistando cada hito por sí misma. Nunca la hemos sentado, nunca la hemos puesto de pie, nunca la hemos hecho andar… Quizá, por eso, su proceso ha sido un poquito más lento que el de otr@s peques.

Sin embargo, ha sido increíble observar la cantidad de posturas intermedias que ha ido consiguiendo en cada fase. Cuando el niño o la niña conquista por sí mism@ las fases motrices, va adquiriendo un conocimiento de su propio cuerpo y de su movimiento que le permite ser más consciente. Esto ayudará a que tenga una mejor propiocepción (conciencia de nuestra posición corporal en el espacio), y, por tanto, que tenga mayor estabilidad y menos caídas. Además, a nivel emocional se graba un mensaje que quedará para toda su vida: «puedo por mí mism@, soy capaz».

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